“Cuando ponemos una etiqueta, cerramos los ojos y el corazón”
Mireia Bazu
Cada vez más vivimos en un mundo loco donde tenemos la necesidad de poner etiquetas a todo, de controlar todo, un mundo donde la inmediatez está a la orden del día y queremos las cosas para ayer, vivimos en un mundo rápido, pero de lo que no nos damos cuenta es de que nuestros hijos y nuestras hijas también viven en este mundo frenético.
Soy consciente de la dificultad que supone criar y educar a los hijos e hijas hoy día, de las exigencias que tenemos con ellos y ellas y, por supuesto, con las exigencias que nos ponemos a nosotros mismos como padres y madres, y esto ¿A qué nos lleva? Nos lleva a querer tener un control absoluto sobre todo lo que ocurre a su alrededor, etiquetando cada paso que dan, cada hito que consigue o no consigue, justificando el comportamiento normal de un bebé ante familiares, amigos o incluso extraños.
¿Qué quiero decir? Ya desde antes de nacer nuestro bebé, tenemos grandes expectativas, queremos que duerma, que tenga una alimentación lo más sana y saludable posible, queremos que comience a gatear, a andar, a hablar lo antes posible, queremos que no llore, que en el cole sea el más listo y también el que más amigos tiene… Claro, todo esto es maravilloso, pero … ¿Y si no es así? ¿Y si mi bebé comienza a andar con 15 meses en vez de con 12? ¿O tiene 3 años y todavía utiliza el pañal? ¿O si no duerme solito? ¿O llora mucho? Aquí empiezan nuestras justificaciones y con ellas, las etiquetas, y por supuesto nuestra frustración al no alcanzar esas expectativas, muchas veces irreales, que teníamos en nuestra cabeza.
¿Recuerdas cómo te describían tus padres cuando eras pequeño? ¿Eras tímido o extrovertido? ¿Eras guapo o te parecías al “cuñado”? ¿Eras un “pitagorín” o te tenían que ayudar con los deberes?
¿Y ahora? ¿Cómo eres? ¿Tu personalidad se ajusta en cierta manera a esas etiquetas que te pusieron tus figuras de máxima confianza? probablemente sí, y además hayan marcado mucho tu camino en la vida, siendo muy difíciles de desprenderse de ellas.
Este es el peligro real de las “etiquetas” que cuando eres pequeño y las personas que más te quieren te las dicen una y otra vez, te lo acabas creyendo, y te lo crees tanto, que tu vida puede incluso girar en torno a ellas, porque ¿Cómo no te vas a creer esa opinión que tus padres, las personas que más te quieren en el mundo o tu profesor o profesora, esa persona que está contigo cada día para enseñarte, te dicen constantemente?
¿Tan malo es que tu hijo no duerma solo? ¿O que camine más tarde? ¿O que todavía tenga pañal? ¿O que necesite más ayuda para terminar una hoja de matemáticas?
Quizá, si como padres y madres que somos conociéramos los ritmos de desarrollo de nuestras criaturas y lo que entra dentro de la normalidad en cuanto al sueño, alimentación, desarrollo motor, comprensión lectora, etc. viviríamos más tranquilos, aportando también más tranquilidad a nuestros peques, sin la necesidad de justificar lo que están viviendo y normalizando que cada uno necesita un tiempo para todo, quitando esa necesidad de competición entre padres para ver qué hijo es el qué mejor hace las cosas.
¿Qué queremos enseñar a nuestros hijos e hijas? Todo lo que les queramos enseñar se lo debemos mostrar primero nosotros con nuestro comportamiento, porque nosotros y nosotras, con nuestro ejemplo vamos a ser el espejo donde ellos y ellas se reflejen siempre.
Las etiquetas duelen, acompañan toda la vida, incapacitan, hacen que no se vea a la personita que hay detrás de ellas, hacen que el potencial real se quede mermado.
Y entonces ¿Qué podemos hacer como padres y madres para no caer en estas etiquetas? podemos acompañar el proceso de desarrollo de nuestras criaturas, podemos observar, estar cerca, ofrecer ayuda y adaptar el ambiente para que sea estimulador y favorezca un buen desarrollo tanto cognitivo, como motor, como emocional.
Podemos elegir una buena escuela infantil, respetuosa, donde el movimiento libre sea la clave, podemos acudir a grupos de crianza, donde observar y aprender de otras familias, podemos no forzar pero sí estar ahí, dejando libertad para la exploración y el aprendizaje, y sobre todo podemos dejar el móvil a un lado para que nuestra presencia sea real, porque lo más importante es conocer a nuestro bebé, cómo es, qué nos demanda, qué necesita cuando llora, esta es la manera que tenemos para poder acompañarle de una manera correcta y respetuosa.
Y por supuesto, debemos dejar de justificar los comportamientos de nuestra criatura ante nadie, porque no, nuestro bebé no es un llorón, expresa sus necesidades, no está más espabilado por andar antes, simplemente puede tener mejor tono y querer explorar más lejos, no es más listo por dejar de usar pañal con dos años, simplemente ha madurado antes, no es más bueno porque se entretenga solo o más malo porque no te deje estar de sobremesa después de comer, no… Debemos conocer a nuestros bebés, sus necesidades, debemos adaptarnos a ellos y ellas porque son los que marcan los ritmos, y no, nunca debemos justificar el cómo se comportan delante de nadie.
Nuestras criaturas son personitas únicas a las que amamos incondicionalmente y eso es lo más importante, criar con consciencia y saber que lo que estamos haciendo es lo que realmente queremos hacer, porque vuelvo a decir que dar amor jamás será malcriar.
Ana Torres
Asesora de Maternidad












